De chiquita pensé que era mi obligación «salvar» a los demás. No sé de donde salió pero cargué con esa creencia desde mi infancia. Por ahí dicen que es algo que hacemos quienes sufrimos de abandono. O quizá pensé que me tocaba hacerlo porque vi a mi mamá trabajando tanto para sacarnos adelante como madre soltera y me hubiera encantado que alguien nos «rescatara» (cosa que nunca pasó).

Ahora por fin entiendo que no es mi trabajo ni el de nadie rescatar a otras personas, cada quien es responsable de su propia vida y de su sanación. Ni los doctores, psicólogos, mejores amigas, familia ni pareja pueden hacer nuestro trabajo por nosotros. Nos pueden enseñar a nadar pero cada quien tiene que mover los brazos para no ahogarse. Me tomó años entenderlo, pero por fin lo integré.

Lo que sucede es que veo a la gente muy profundamente, no me conformo con mirarlas por encimita como lo hace la mayoría, si no que me meto hasta adentro, incluso cuando no me invitan, y ya estando ahí me pongo a explorarlas, veo sus bellezas y fortalezas y también sus dolores y carencias. Y cuando estoy mirándolas y me topo con una herida me dan ganas de limpiarla y ponerle una curita. Como le hacen las mamás cuando te raspas la rodilla.

Es un regalo y al mismo tiempo una tragedia ser así, porque ante la menor invitación nos involucramos y cuando menos nos damos cuenta estamos usando toda nuestra energía para resolverle la vida a los demás, muchas veces descuidando la nuestra en el proceso.

Recordatorio: es diferente observar que resolver.

 

K

 

Por |2020-12-05T15:45:29-05:00diciembre 5th, 2020|Adentro, Home|1 comentario

Un comentario

  1. Jammie Gandia diciembre 8, 2020 en 12:04 am - Responder

    i love this terrific article

Deje su comentario