Hoy me despertaron las palabras. Un minuto estaba profundamente dormida y al siguiente mi cabeza se había llenado de frases. Me pasa seguido, que en esa transición entre dormida y despierta tengo un lapso de conciencia, es como si se me despertara el alma pero el juicio sigue dormido entonces puedo escuchar sin interrupciones.

Hoy me vino la frase «Aquí también fuimos felices» y no paró de repetirse como si fuera un mantra, con la convicción de que me la aprendiera, la integrara y no se me fuera a olvidar si cayera a la profundidad del sueño nuevamente.

Aquí también fuimos felices, aquí en esta ciudad tan grande y caótica y de la que salimos huyendo. Bueno, salí huyendo yo y la familia me siguió, porque eso es lo que hacen las familias cuando los hijos son pequeños y todavía no se mandan solos.

Cuando llegue a la cuidad a los 18 años me la quería comer entera de un bocado, y lo hice, estudié fotografía, trabajé en proyectos muy divertidos de tele y radio, hice entrevistas, fui a eventos, descubrí la moda, hice amigos, conocí gente. Siempre me ha encantado estar en todo, creo que es porque crecí en la playa y ahí no había mucho; mar, peces, changos y muchas cosas hermosas de la naturaleza pero nunca eventos y conciertos, entonces llegar a este monstruo donde hay de todo para todos fue mi máximo en la vida. Hice tanto en esta ciudad y por tantos años que terminó por causarme indigestión.

Indigestión, esa es una buena metáfora para describir el pánico. De alguna manera así se siente, como que comiste cosas que a tu cuerpo no le gustan o te pasaste en las cantidades. El pánico podría ser una indigestión del alma. Un exceso de cosas que no te caen bien. Suena menos poético pero el sentimiento lo describe perfecto, un malestar incontrolable y difícil de describir.

Hace algunos años con el alma indigesta y sin que ayudaran todos los antiácidos de la ciudad es que decidimos irnos a vivir a la playa a empezar una nueva vida. Cambiamos la escuelas tradicionales por alternativas, los eventos masivos por visitas a la playa, domingos de centros comerciales por albercadas y el fashion por las chanclas. La transición no fue inmediata; es como cuando quitas el pie del acelerador y el coche va frenando poco a poco hasta que eventualmente se para por completo. A nosotros nos tomó como un año pero finalmente nos adaptamos y hemos sido muy, muy felices. Lo decimos seguido; que irnos de la ciudad fue la mejor decisión de nuestras vidas. La gente nos pregunta seguido si no extrañamos vivir aquí o si nos regresaríamos y todos respondemos de inmediato que ni de chiste. Pareciera que la odiamos.

Hoy cuando me llegó la frase «Aquí también fuimos felices» se me calentó el pecho y me llené de amor. Me acordé de todas las cosas hermosas que vivimos aquí y de todos los momentos que este lugar nos dio como familia. De la casa, los grandes amigos, las escuelas, los compañeros de trabajo, el clima perfecto (nunca hace ni mucho calor ni mucho frío) las jacarandas, los altares de día de muertos en Coyoacán, los churros rellenos, los mercados donde te dicen «¿qué le damos marchantita?», las quesadillas sin queso y todas esas gracias que solo ocurren aquí. La verdad es que es una cuidad mágica.

Creo que muchas veces cuando dejamos atrás algo tendemos a satanizarlo o minimizarlo como mecanismo de defensa, me imagino que lo hacemos para que no nos duela tanto, porque cerrar ciclos, dejar atrás lugares, trabajos y personas duele, y cambiar de vida y de camino da miedo y es más fácil si creemos que estamos dejando atrás algo que no funciona. Muchas veces es una mentirilla que nosotras mismas nos contamos para poder dar el salto y todo bien, pero ya cuando estás del otro lado me parece importante voltear para atrás y agradecer lo que nos dio, lo que dejamos atrás y por eso hoy me parece un buen día para decir Gracias Cuidad de México por todo lo hermoso que nos diste. Te amamos.

K

 

 

Por |2020-09-05T12:10:40-05:00septiembre 5th, 2020|Afuera, Home|Sin comentarios

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