Hoy me desperté con el terrible sentimiento que debía una disculpa. Amanecí con el perdón en la punta de la lengua y no supe cómo es que llegó ahí.

No sé de donde vino el sentimiento, un minuto estaba profundamente dormida y al siguiente ahí estaba como un fantasma acechándome. No se me ocurrió una mejor forma de entender su presencia que preguntándole directamente:

  • Disculpa ¿en qué te puedo ayudar?

Y así sin más ni más me contestó:

  • Quiero que le pidas perdón a tu cuerpo por todas las veces que le has dicho cosas feas.

La verdad es que la conversión fue muy larga e íntima y, aunque no lo creas, todavía hay una parte de mí que no está dispuesta a mostrarse completa entonces eso es todo lo que te quiero contar, además porque esa es la parte relevante, lo otro fue solo entre nosotras (yo y yo) y no hace falta que lo cuente.

Entonces me paré de la cama y caminé hacia al espejo, prendí la luz y me quité la ropa. Observé mi cuerpo, mi casa desde hace 37 años. Lo vi más fuerte de lo que recordaba y en algunas partes más redondo. Observé mis tatuajes y cicatrices. Mis estrías y pliegues. Dije en voz alta: Esta soy yo.

Por primera vez me vi sin juicios ni ganas de ser diferente ni «mejor». Me vi como soy y dentro del empaque en el que vivo.

Ahí fue cuando me quedó claro por qué me debía tantos «perdones» y tantos abrazos. Mi cuerpo me ha dado tanto y yo he sido tan dura con él. Con ella… porque mi cuerpo es mujer, no hay manera que sea él (que absurdo que hasta en eso se cuela el patriarcado). Y ahí juntas, la de adentro le pidió perdón a la de afuera.

Lloramos, soltamos, vaciamos y ya que estaba todo fuera nos vestimos, y continuamos con el día. Sabiendo que ya estábamos bien y que nuestra relación había cambiado para siempre.

Las pases.

Por |2020-08-14T20:45:34-05:00agosto 1st, 2020|Afuera, Home|Sin comentarios

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