Hace unos días una mujer me escribió por redes sociales para criticar el hecho de que subí una receta de pollo. Era pollo que compré de una granja, orgánico, de libre pastoreo y bla, bla, bla. Todos esos términos que ahora se usan para describir las cosas que de una manera que las hace políticamente correctas. Y aunque yo soy la primera que busca esas palabras en las cosas que consumo, siempre que tengo que usarlas me resulta triste y un poco absurdo el uso de las palabras. Me encantaría vivir en un mundo en que las cosas fueran de esa manera y ya, sin tener que anunciarlo y hacer todo un show al respecto. Pero bueno, así los tiempos.
En fin a esta mujer le daba mucha tristeza que «una mujer como yo no tuviera la consciencia de ser vegana y muchas otras cosas que quería decirme. Siempre «con respeto» (NOT, por supuesto). También me mandó links de videos grotescos sobre el maltrato animal y lo jodida que está la industria de la alimentación; videos que por cierto ya he visto y no necesito volver a ver porque efectivamente son una monstruosidad. Le contesté de la manera más educada posible que yo respetaba su punto de vista pero que no la compartía, que mis creencias sobre la comida son otras, que para mí es una prioridad la nutrición y la calidad de los alimentos, que crecí vegetariana y en algún momento intenté ser vegana y sentí que no funcionaba para mi cuerpo y que incluso me causó problemas de salud mi intento en el veganismo y que por eso he tomado la decisión consciente de no serlo pero que gracias por sus comentarios. Le di muchas explicaciones y ella seguía en su misma postura: inamovible de que el veganismo es la única manera de comer. Y es ahí donde amablemente decidí que esa conversación había llegado a su fin y me despedí.
En estos tiempos parece que todos los temas son delicados: la política, el movimiento «me too», el feminismo, la espiritualidad, el raggaetón, el color de piel, el veganismo… Es imposible abril la boca, escribir un tweet o subir una foto sin que alguien se ofenda por algo. Ni modo, es lo que acompaña a la libertad de expresión, y así como lo gozamos de un lado lo padecemos del otro. Es lo que hay.
Pero a raíz de mi mini discusión por DM con esta mujer me puse a pensar en el tema; no en convertirme a vegana sino en qué es lo que hace que la gente se apasione tanto por un tema. ¿Es en realidad la causa? ¿es el pertenecer a un grupo de personas? ¿es el tener un propósito? ¿Es la sobre-identificación con su sistema de creencias? Quizá es distinto para cada quién, no lo sé. Nunca me ha pasado tener tanta convicción a una causa, y honestamente admiro mucho cuando la gente la tiene. Es un recordatorio constante de que juntos somos más poderosos y que esa suma de energía realmente puede hacer que sucedan cosas.
Lo complicado está en que vivimos en un planeta con miles y miles de creencias distintas y convencer a la gente de cambiar las suyas es sumamente complicado, sobre todo cuando las adoptaron de manera consciente y por eso decidir qué es justo, injusto, correcto, incorrecto o inmoral se vuelve un desastre.
La linea entre concientizar, promover, atacar y bullear es muy delgada y se cruza fácilmente, así que tengamos cuidado, que al querer hacer el «bien» (según nosotros) no terminemos de fanáticos, en el mal sentido de la palabra.
Y lo entiendo, toparte con gente que no piensa como tú es complicado y todos quisiéramos que el mundo viera las cosas de nuestra manera, pero no es la realidad y nunca la va a ser y quizá nuestro trabajo a nivel externo sea la causa por la que luchamos pero a nivel interno podría ser el cómo se lucha y lo que se aprende en el camino.
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ARTÍCULO

Kalinda Kano

FOTOGRAFÍA

Mariah Pa

Por |2018-11-21T11:01:57-05:00noviembre 21st, 2018|Bienestar|Sin comentarios

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