Esta semana me vino a visitar una vieja amiga. Te diría que su visita fue inesperada pero eso sería una mentira. No me avisó que venía pero yo ya lo sospechaba. Normalmente se aparece cuando la vida adquiere estos ritmos tan ajetreados. Y siempre llega así, sin avisar.

Me estaba tomando mi té de la mañana cuando tocó a la puerta. Toco fuerte y firme y en cuanto escuché el sonido supe que era ella. Por un minuto me congelé. Nuestra última interacción no había sido nada buena y a veces esas experiencias nos dejan un poco ciscadas. Pensé que si no me movía quizá podría burlarla y hacerle pensar que no había nadie en casa pero volvió a tocar. Sin duda era ella. Respiré profundo y caminé hacia la puerta, la abrí y ahí estaba; tan igual y tan diferente al mismo tiempo. La reconocí de inmediato pero algo había cambiado, se veía débil y cansada. Ya no quedaba mucho de esa mujer fuerte y decidida que siempre me intimidaba tanto. Esta vez era diferente. Ahí estábamos las dos paradas en el marco de la puerta, yo adentro y ella afuera y por un segundo contemplé aprovecharme de su desventaja y azotarle la puerta en la cara.

No creas que normalmente soy así de grosera, lo que pasa es que nosotras tenemos mucha historia. Esta «amiga» no siempre ha sido buena conmigo, de hecho todo lo contrario. Si alguien me ha roto en pedazos y desarmado ante la vida ha sido ella. Hubo un tiempo que su sola presencia me hacía cuestionar mi existencia, no te estoy exagerando, la veía y me daban unas incontrolables ganas de salir corriendo, aventarme por una ventana o caerme del planeta… lo que sea con tal de no estar en su presencia.

Pero esta visita fue diferente, ni yo ni ella éramos las mismas. No se me aceleró el corazón, ni perdí mi centro ni quise salir corriendo.

De alguna extraña manera verla tan débil me causó un poco de lástima. En estos años he entendido que no todos los malos son tan malos ni los buenos somos tan buenos como pretendemos, creo que para que exista una historia tienen que haber al menos dos personajes. A veces nos toca interpretar a uno y otras veces al otro.

Con este nuevo sentimiento (quizá hasta de ternura) la invité a pasar. Le ofrecí un té y mientras se lo hacía vi de re ojo que estaba llorando. Me acerqué, la tomé de ambas manos y la envolví en un abrazo. La sentí desplomarse completa y entregarse al llanto y también noté cómo trató de contenerse y hacerse la fuerte. La entendí perfecto porque yo antes hacía lo mismo. Lloró hasta que se quedó vacía de sentimientos y yo la sostuve hasta que se me acabó la fuerza. Por suerte ambas cosas sucedieron al mismo tiempo.

Me contó que venía a visitarme con la idea de intimidarme pero que al verme se dio cuenta de que su método ya no funcionaría. Me dijo también que ya le habían contado que yo había cambiado y que quizá ya no la necesitara y que eso la ponía extrañamente triste.

¿Necesitara?

Nunca lo había pensado de esa manera, al contrarío, yo siempre había sentido que ella llegaba justo cuando todo iba marchando bien con el claro afán de arruinarme los momentos. Me dijo que no. Que estaba equivocada, ella solo venía cuando yo la necesitaba pero yo no lo sabía. Su trabajo era cuidarme y protegerme para que yo no me excediera.

-¿Qué?, tu siempre me gritabas, asustabas y sacudías. Me violentabas tanto que sentía que me moría. Has sido todo menos mi protectora. Estas loca.

Me empezó a hervir la sangre.

-Solo lo hice así porque no me escuchabas. Al principio tuve otras formas pero me ignorabas. Pareciera que no te gustaba que te hablaran bajito y con cariño. Fuiste tú quien me orillaste a gritarte y tratarte de malas maneras. Yo nunca quise que así fuera. Mírame, estoy desgastada y cansada por tu culpa. Ha sido duro esto de cuidarte.

Hablamos mucho tiempo; de lo que yo pensaba, de lo que ella sentía, lo habíamos vivido juntas y sobre todo de la relación entre nosotras. De ese amor/odio que nos unía.

Ese Martes en medio de la sala entendí que todo había sido un mal entendido. Recordé todas las veces en las que si había venido a visitarme siendo amable y amorosa y yo la había recibido con desprecio. Pude reconocer que yo no siempre he sabido escuchar con atención cuando alguien me esta hablando. Y menos cuando sus formas son suaves y sutiles.

Nuestra plática fue muy liberadora, yo entendí que su mal trato nunca había sido personal y ella, que su trabajo de protegerme si había resultado. De alguna extraña manera y no cómo había sido la intensión inicial había logrado su cometido. Me mantuvo a salvo todos estos años; me sacó de relaciones en las que no tenía que haber estado, me pidió que abandonara proyectos que no me hacían felices, me «invitó» a mudarme de casa cuando no me sentía segura y hasta me había hecho cambiar de vida con la esperanza de que pudiera ser más feliz. Me había amado y lo había hecho bien bonito.

Ese día mi amiga la ansiedad y yo hicimos las paces.

Quedamos que podía volver cuando quisiera. Sin avisar ni tener que llegar gritando. Que no tenía ni siquiera tocar la puerta si no que podía pasar directamente a sentarse ala sala y que yo, estuviera haciendo lo que que estuviera haciendo y fuera la hora que fuera me iba a tomar el tiempo de escucharla. Sin miedo, sin rechazos, sin reclamos, sin ataques de pánico. Solo nosotras dos hablando como amigas que se quieren y se respetan.

Nunca pensé decirlo, pero que suerte que nos tenemos.

K

Por |2020-08-29T22:07:05-05:00agosto 29th, 2020|Adentro, Home|Sin comentarios

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